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MONDO SLASHER VOLUMEN 1: ORÍGENES 13-6-2006 |
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Autor: Rayo Gamma ¿SLASHER? ¿ESE DÓNDE JUEGA? Hablar del slasher (palabro que viene del verbo inglés to slash, es decir, descuartizar) es hablar, sin lugar a dudas, de todo un estilo propio de hacer cine. Y eso es sí o sí. No caigamos en el error de considerarlo un subgénero dentro de lo que sería el terror, u horror , porque (como pasa con la música) las etiquetas son conceptos muy amplios pero no lo suficiente, y pronto dejan de estirarse como un chicle para llega a difuminar sus fronteras y perder cualquier significado. Es decir, al igual que nadie dice que el heavy metal esté subyugado al rock (y quien lo diga es que, para la música, es sordo y, para la humanidad, prescindible), no podemos llegar nosotros y ser tan alegres de relegar este concepto que nos ocupa al papel de triste actor secundario, manco de vida y de credenciales propios. El slasher es un género en sí mismo, así de simple, que vive de sus propias fuentes y que se sustenta perfectamente en toda su idiosincrasia, ya completamente extendida, aceptada e identificada en cualquier parte del mundo (y sin necesidad de recurrir a “ayudas” externas). Tiene sus fans (trillones), su personal iconografía (gran parte de ella perteneciente, por méritos propios, a nuestra cultura pop) y, como no, sus hits indiscutibles e irremediablemente aceptados por cualquier docto en la materia. AL PRINCIPIO HUBO OSCURIDAD. Y SANGRE. Como todo en esta vida, hubo un principio. Y su artífice, tal como pasa en el Génesis, fue Dios Hitchcock . Sin pretender ningunear a Peeping Tom (1960, Michael Powell), la verdad es que el pequeño director inglés decidió, un buen día de 1962, que ya era hora de inventar un género (ligeramente apuntado en su anterior Los Pájaros) y parió Psycho, o lo que es lo mismo, la obra maestra. Aunque muchos quizá afirmen (y no faltos de razón) que todo empezó con el Halloween de Carpenter o con La Matanza de Texas de Hooper (más acordes con lo que entendemos hoy en día por “película de psicópata que mata sistemáticamente a quien se cruce en su camino”) la verdad es que el film protagonizado por Anthony Perkins sentó las bases claras de toda una manera de hacer “cine de asesinos en serie”, y eso sin contar la manera con la que le hizo un corte de mangas al sentido tradicional de hilvanar una historia, matando a la supuesta protagonista a los 20 minutos de metraje. Es cierto que a lo largo de los venideros años la idea evolucionaría, se perfilaría y se concretaría de acorde a su contexto, pero con esta criatura, Alfred Hitchcock recorrió más de medio camino.
La imagen es clara: un perturbado mental que con un cuchillo de cocina se carga a quien se atreva a irrumpir en la tranquila vida que lleva junto a su madre. Y con un seis y un cuatro, aquí tienes todo un (nuevo) género cinematográfico. Estos elementos presentados son clave para el devenir del género: víctimas mutiladas, cadáveres que se suceden, investigación policial y, de postre, sorpresa final (y ríete de Shyamalan). La patada en la cara que supuso esa providencial película para la retrógrada sociedad de la época fue de órdago, y su director pasó directamente a los anales del celuloide (y eso que nadie se esperaba lo que vendría a posteriori) sin necesidad de recurrir a secuelas ni a precuelas innecesarias; ni mucho menos pretender vivir de rentas, tal y como demostraría con sus siguientes trabajos.
(NOTA: Aunque más tarde hablaré de la fiebre remake , subrayar ya que me niego a hacer alusión a esa patética, estúpida e innecesaria revisión que hizo el mamón de Gus Van Sant de Psicosis , en 1998 - y con el melón de Vince Vaughn como... Norman Bates ! Joder!- que debería haber hundido en la mierda para siempre al/los culpable/s, que se atrevieron a perpetrar semejante mamarrachada.)
SE ACABARON LAS MARICONADAS Aunque los 70 fue la década zombie (sobresaliendo, precisamente, Zombi , de George A. Romero , un incunable del género), la verdad es que el campo estaba ya bien mullidito y abonado para darle el pistoletazo de salida al nacimiento de los psychokillers . Hubieron varios films que siguieron la estela marcada por Hitchcock que con el tiempo se convirtieron en auténticas obras de culto (como Alien, sobran las palabras, o por poner un ejemplo en boga ahora mismo -debido a su revisión- Cuando llama un Extraño) pero si hay dos que concentraron la pura esencia, la semillita “moderna”, que tanto veneramos los que experimentamos erecciones con machetazos en cabeza ajena, sólo podemos hablar de lo que viene a continuación. En 1974, un fanático del tema llamado Tobe Hooper presentó The Texas Chainsaw Massacre, caracterizada por su crujiente salvajismo y tremenda crudeza, apoyado todo en una angustia psicológica contagiante a más no poder. La historia -basada, muy sui generis, en el famoso asesino Ed Gein- nos situaba en pleno desierto de la Texas profunda, donde unos incautos chavales caían víctimas de una macabra familia que ríete tú de los Manson. El más destacado, como no, su buque insignia: Leatherface, que ataviado con una máscara hecha de piel humana, y una sierra eléctrica, se convirtió en toda una figura de culto que perdurará hasta el Ragnarok, gracias también a su estupendo remake de hace un par de años (con el videoclipero Marcus Nispel detrás de las cámaras) y, esperemos, a su inminente precuela, dirigida esta vez por Jonathan Liebesman .
Todo dios quedó transtornado ante tanta barbarie, por lo que, doce años después, se estrenó su secuela (repitiendo director y con Dennis Hopper en plantilla), bastante digna pero sin comparaciones (por favor). La trilogía se completó en 1990 de manera totalmente hilarante e histriónica (sólo hace falta que recordéis su téaser) y con unos tristes resultados debido a la pobre mano de Jeff Burn en la dirección. Además, en 1994 hubo una especie de secuela/remake llamada La Matanza de Texas: La Nueva Generación, protagonizada por (llorad) Matthew McConaughey y Renée Zellweger, que seguía las mismas directrices que las anteriores (por algo estaba dirigida por el coguionista de la original, Kim Henkel, cuyo nombre ha ido siempre ligado a esta saga) y que desprendía un penoso aire a telefilm de A3. Sólo para sibaritas. No hay que olvidar que Hooper (aparte de follarse al globo entero sin piedad con la sempiterna Poltergeist, de 1982) nos brindó en el 2004 un delicioso regreso al pasado con The Toolbox Murders, un “más de lo mismo” en cuanto a rebana-pescuezos se refiere, pero con el inimitable estilo Tobey impregnando todo el ambiente, que siempre es de agradecer. Pero si los años ochenta le deben la vida a alguien, ese alguien es por decisión divina John Carpenter y su Halloween (1978), o lo que es lo mismo, Michael Myers goes to Hollywood. Carpenter (que ya se había currado la más que recomendable Asalto al Distrito 13, que también gozó de remake en el pasado 2005) reflejó un oscuro relato acerca de un niño majara que, durante la noche de los difuntos decidía afilar su cuchillo y hacerse huérfano por la vía rápida (y cafre). De paso, la tomaba con la pobre babysitter Laurie Strode (Jaime Lee Curtis , en modo virginal) que la acosaría sin parar en un sinfín de ocasiones, mientras troceaba a cualquiera que se le pusiera por delante. De nada le serviría a la canguro ir sobreviviendo una y otra vez a los embistes de Myers, ya que en Halloween Resurrection (2002, y ya con una porrada de secuelas a sus espaldas, algunas de ellas deleznables) el cazador acabaría con su presa por deseo expreso de la propia Curtis, que con esto se libraba (para su alivio) del papel.
Pero, volviendo al nacimiento de dicho engendro, hay que resaltar la forma que adquiría este nuevo psycho urbano, que sí que resultaba ser tremendamente familiar a lo que veríamos (y seguimos viendo) en las pantallas. Si Bates iba caracterizado, de manera algo ridícula, como su difunta madre, y Leatherface ocultaba su deformado rostro con piel humana de sus víctimas, Myers llevaba directamente una demonizada máscara blanca que acojonaba sólo con verla, y que con ella multiplicaba hasta el infinito el número de muertes (a cuál más sádica) en pantalla respecto a sus supuestas antecesoras. Eso fue un elemento nuevo para la época: el asesino moderno ocultaba su rostro para erigirse como un ser frío y sin emociones, poderoso y omnipresente, que podía acechar desde el rincón menos esperado para desgarrar a su víctima de la manera más sádica posible. Cualquier hijo de vecino podía ser su alter ego e inmiscuirse en su vida y/o en sus seres más cercanos, hecho que le añadía un toque de thriller que enriquecía la historia.
Con ocho episodios a sus espaldas, lo último que se sabe de las andaduras del carablanca es que habrá un pseudoremake dirigido por el gran Rob Zombie. O sea que agarráos. Aquí acaba la primera entrega de Mondo Slasher. No os perdáis la siguiente, titulada Aquellos Maravillosos Años y centrada en la década de los 80. |
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