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MONDO SLASHER VOLUMEN 3: JUBILANDO MITOS 15-10-2006

Autor: Rayo Gamma

QUE AJCO DE VIDA TRON

Llegado el fin de los 80 podemos decir que también fue el fin para todos esos (nuestros) psychokillers tan entrañables que habían hecho las delicias del respetable a lo largo de la finada década a base de cuchillazos y masacres varias.

Su particular “edad de oro” ya había pasado y la multitud de secuelas-basura que se iban amontonando del (y sobre todo) totémico triunvirato Freddy Krueger-Jason Voorhees-Michael Myers daban claros síntomas de agonía y agotamiento, y sin apenas aportar nada mínimamente aprovechable para los más ávidos de sangre y, por qué negarlo, meños.

Recordemos que esta última década del siglo XX empezó en plan grimosa y aplatanada “gracias” al boom del grunge y, sobre todo, a Nirvana , cuyo mensaje “viste con harapos que la vida es una mierda y lo mejor que puedes hacer es volarte la cabeza” caló hondo en la llamada Generación X (aún estoy esperando que alguien me explique que es eso) e impuso una lastimosa e injustificada actitud y un patético modo de ver la vida que daban pena.

Con un jetorro asín es normal que te que dan ganas de pegarte un tiro

Por eso, películas como las que nos ocupan no tenían mucha cabida en esta nueva mentalidad adolescente que ya no quería divertirse ni “vivir”, sino que quejarse y quejarse en plan víctima era su leit motive. Había como una epidemia de vegetales profundos imberbes a los que apenas les estimulaba ya la diversión por la diversión y las tetas botando alegremente al ritmo de un loco perturbado acechando desde las sombras. El colorido chillón y el cachondeo padre pasaron a formar parte del olvido y la sentencia de muerte para nuestros héroes parecía estar a la vuelta de la esquina.

La mayoría estaban de capa caída, sí, pero muchos de ellos aún pugnaban por mantenerse en la brecha y dar sus últimos coletazos.

YA NADA VOLVERÁ A SER COMO ANTES

Así, por ejemplo, en 1990, se estrenó Psycho IV: The Beggining (sí, la cuarta) cuyo argumento era una burda excusa para poder contarnos la niñez del hotelero más perturbado del cine.

Y es que en ella veíamos como en un talk show radiofónico nocturno llamaba un extraño para relatar detalles escabrosos de su cruda infancia (completamente sometida a su cruel madre) ante la estupefacción de los oyentes. Pronto, las sospechas de que el desconocido es ni más ni menos que Norman Bates cobrarán más y más fuerza hasta descubrirse que, pues sí, va a ser que él es el mítico asesino que, por lo que parece ser, tiene intención de volver a su motel y enfrentarse a los fantasmas del pasado. Hecho que traducido del idioma de los psicópatas quiere decir “aquí va a haber una solfa de cuchillazos de la que no sale vivo ni el apuntador”.

¿Pensáis que es una portada cutre? Mirad la sigiuente foto

Hay que decir que esa fue una de las últimas actuaciones de Anthony Perkins antes de morir de SIDA en 1992 (RIP), y que con ella consiguió darle un relativo digno final a su mítico personaje, ya que esta cuarta entrega pegaba un importante salto cualitativo respecto a la anterior. Cosa que, por cierto, no es que fuera muy complicado.

Otro que asomó el jeto (o, en este caso, la máscara) ese mismo año fue Leatherface en la nueva entrega de La Matanza de Texas, con la que dicha saga se convertía en trilogía y en la que aparecía el mismísimo Viggo Mortensen , que por mucho que se lo preguntéis seguro que negará las veces que haga falta (a pesar de merecerse el infierno por Alatriste, una película infumable) el haber participado nunca en tal chuminada.

Porque eso es lo que era ese despropósito: una chuminada jurásica de las gordas que se podía haber redimido si se hubiesen respetado las partes más gore del guión original, que por si no lo sabíais fue vilmente amputado al ser considerado portador de escenas “demasiado fuertes”.

Encima, y por si esta franquícia no estuviera suficientemente jodida y al borde del abismo, a algún lumbreras de los de arriba se le ocurrió la idea de volver a rescatarla cuatro años después (1994) y hacer una especie de secuela-remake , para las nuevas generaciones, que pusiera otra vez en el candelero al mítico caracuero. El engendro en cuestión fue llamado El Retorno de la Matanza de Texas (del que ya hago referencia en la primera parte de vuestro MondoSlasher) y, como no había actores en el mundo, se contrató a Matthew McConaughey y Renée Zellweger para que hicieran el paripé delante de las cámaras (bueno, como siguen haciendo hoy en día) en lo que sería una de las bazofias más grandes habidas y por haber, y que olía más a comedia rancia de Antena 3 que no a psychothriller muñonero.

ESTO es una portada cutre

El que también volvió para su matanza final (en teoría) era Freddy Krueger con La Pesadilla Final: La Muerte de Freddy, que, como ya comenté, era nauseabunda pero igualmente necesaria para borrar del mapa a un personaje sumido hacía ya varias entregas en una preocupante fase terminal. Para el recuerdo quedan esas escenas finales en 3D en las que nos teníamos que poner unas gafas cutres de cartón para asistir al desenlace chorra de la muerte de Krueger.

Aún así, su papáWes Craven pensó que se podía exprimir mucho más su gallina de los huevos de oro y en 1994 consiguió hacernos sentir a todos vergüenza ajena gracias a ese fútil intento de reanimar a un muerto llamado La Nueva Pesadila de Wes Craven, una paranoia marciana en la que se mezclaba la realidad (salía Craven interpretándose a sí mismo y... ¡¡Hasta el propio Robert Englund también haciendo de Robert Englund!!) y la ficción, y que lo único que conseguía era dejarnos claro cuan desesperado estaba el director americano (tranqui Wes, que pronto llegaría tu hora) por haber perpetrado semejante mamarrachada.

Y todo por hacer pasta gansa a costa del bueno de Freddy, copón.

También tuvimos de vuelta a ese pedazo de muñeco diabólico llamado Chucky (apodo del temible asesino Charles Lee Ray, cuyo nombre estaba formado por el de otros tres asesinos reales) por partida doble, con dos secuelas separadas por tan sólo un año de diferencia y que ambas cumplían bastante bien su cometido, aunque quizá la tercera cojeara un poco.

En tema de recaudación la cosa no fue para tirar cohetes pero como ambas secuelas fueron las reinonas del videoclub, el monigote demoníaco volvió en 1998 con La Novia de Chucky, que rompía relativamente el tono de las anteriores al mostrar a un Chucky “más humano” y cachondo, compartiendo protagonismo con su churri para la ocasión (la neumática Jennifer Tilly) que le hacia de comparsa en sus ansias de poseer (metafísicamente, se entiende) un cuerpo humano.

Goldie Hawn más que satisfecha después de su última operación de estética

(habrá tiempo para hablar de ello, pero ya lo digo ahora: en 2004 hubo la quinta, llamada La Semilla de Chucky, o lo que es lo mismo, pura mierda enlatada)

Hubo otro mítico monstruito que se subió al carro de las “últimas y definitivas partes”. En este caso le tocaba a Viernes 13 , con El Final: Jason se va al Infierno. Era 1993 y su título fue premonitorio, ya que, en pocas palabras, no debería de haber visto nunca la luz.

Su absurda y estúpida manera de contarnos la inmortalidad de Voorhees mediante un bicharramen que se apoderaba de los cuerpos ajenos para seguir con su desenfrenada orgía de hemoglobina, era negativamente desternillante. Por no decir ABOMINABLE.

Y claro, habiendo leído esto último, uno se pregunta cómo es que, dando por sentado que Voorhees resucitaba siempre (sí o sí) película tras película, y que nosotros lo aceptábamos porque lo único que queríamos ver era casquería varia y miembros esparcidos (y no explicaciones cochambrosas de porqué el tío éste siempre resucita por mucho que le machaquen, ya que eso NO LE IMPORTA A NADIE), ¿a qué zote hay que linchar por haber puesto esa explicación tan absurda y delirante acerca del gran “secreto” del psychokiller de la máscara de hockey? ¿Era necesario? ¿Qué coño de bicho es ese que va de cuerpo en cuerpo para poder seguir matando bajo la identidad de Jason?

Hasta Jason se aburre de matar a los mismos imbéciles una y otra vez

Pues , que eso, que había hechos sobrenaturales detrás de la identidad del maníaco del hockey, que eso no se lo creyó ni Dios, y que antes me rajo los ojos con una navaja que volver a visionar tal engendro.

Ni siquiera la aparición final del guantelete de chuchillas de Freddy salvaba el merengazo.

Y seguimos: tampoco faltó a la cita Michael Myers, que en esos años nos obsequió con dos nuevos capítulos de sus andanzas en pos de los ansiados (y tiernos) pescuezos juveniles.

Uno fue en 1995, llamado La Maldición de Michael Myers , una sexta parte de resultado desigual pero merecedor de un aprobado, al menos para los que seguían puntillosamente las aventuras del carablanca; tres años después, en 1998, recibíamos la otra dosis de machetazos con H20: 20 Años Después (que fue dirigida por Steve Miner, actualmente liado con el remake de El Día de los Muertos, de Romero... Jesús) que mandaba a la porra todo lo acontecido en las entregas número 4, 5 y 6 (como si no existieran) pero que tenía el aliciente de ver de nuevo a la scream queen Jamie Lee Curtis en su papel de la gritona Laurie Strode.

"Sí, yo de nuevo, sé que lo estábais esperando"

Esta última aparición de Myers en los 90 fue un mondongo de los gordos (hecho con prisas y sin ningún tipo de respeto hacia los fans) y después de rematar cualquier posible atisbo de mejora de la saga con Halloween: Resurrection (de 2002, horrible) parece ser que ahora, por fin, se vislumbra una luz al final del camino gracias a que ROB ZOMBIE ha agarrado por el moño la franquicia y se dispone a rodar un remake.

Con dos cojones, hombre ya.

TOMANDO EL RELEVO... ¿TOMANDO EL RELEVO?

Pero la cosa no sólo se quedó en revivals de tres al cuarto, sino que nuevos psicópatas asomaron la cabeza (cual despistado zombie en House of the Dead) para intentar darles el relevo a las viejas glorias e introducir sangre nueva, nunca mejor dicho, a un género en irremediable decadencia.

Quizá el ejemplo más destacable fue Candyman, estrenada en 1992 y dirigida por Bernard Rose (con guión del mítico Clive Barker) en el que un fantasmagórico killer negrata se te aparecía por la espalda si pronunciabas su nombre cinco –o tres, depende- veces delante de un espejo. No hace falta decir que si eso pasaba el buen nigga te destripaba sin piedad con un garfio a lo Hook.

(sí hermanos, un espíritu negro ataviado con una casaca andrajosa a lo pirata que desollaba con un gancho... ¿Estaba Barker hasta el culo de anfetas cuando escribió el guión?)

A pesar de todo fue un aceptable digest (jarjar) que tuvo de propina dos secuelas: una en 1995 llamada Farewell to Flesh dirigida esta vez por Bill Condon (el de Kinsey, y repitiendo Barker como guionista), en lo que era una decente continuación, y la otra en 1999 y titulada Day of the Dead, con un nuevo cambio en la dirección (ahora era Turi Meyer el que estaba detrás de las cámaras) y finiquitando una trilogía de manera totalmente cochambrosa y anticlimática. Y por si fuera poco, cada una de las tres partes se contradecía la una con la otra, debido a que el encargado de producción y planificación fue mi canario.

Los de los cayucos vienen cada vez más agresivos

Ese mismo año también lo intentaron Camp Fear (que fue sub-bautizada como Cheerleader Camp 2, aunque no tuviera nada que ver con la primera) y Happy Hell Night (con un jovencísimo Sam Rockwell -el novio de Drew Barrymore en Los Angeles de Charlie- entre sus filas), dos películas que aglutinaban todos los tópicos de los slashers (asesino maníaco enmascarado, jóvenes de escasas luces, desnudos gratuitos, ketchup a granel, etc.) pero que pasaron rápidamente al olvido (sobre todo la primera, a pesar de que aparecieran en ella actrices porno) ya que eran muy muy chuscas, aunque la segunda sí que albergaba grandes momentos para los fans de los desollamientos y la serie B.

Otra gran muestra del psycho-cine en plan revival ochentero fue Jack Frost (no confundir con la mierda que hizo Michael Keaton en 1998) que nos contaba cómo un difunto asesino en serie volvía a la vida encarnado en un muñeco de nieve (¿?) para seguir matando a discreción. La peli era así en plan cutre pero con mucha coña marinera, y ni ella misma se tomaba en serio.

Ni con la bufanda -homenajeando a Freddy Krueger- da miedo este patético monigote

Más producciones slasheras que se dejaron caer fueron títulos como The Ugly (de 1997, bastante recomendable), Shrieker (también del 97, ésta en plan demonios y entes sobrenaturales), o Uncle Sam (con guión de Larry Cohen, no el de los hermanos Cohen, sino el que se había encargado de la saga Maniac Cop), pero que, como ya he dicho, apenas salieron del anonimato y poco contribuyeron al resurgir de este tipo de cine.

PUNTO Y APARTE

Pero creo yo necesario hacer un alto en el camino para destacar unos cuantos films que vivieron paralelamente a nuestros queridos slashers y que fueron de gran importancia para mantener viva la llama de un género que padecía un mal momento y que se veía continuamente asediado por modas moñas tipo marcianitos, catástrofes y westerns varios.

Sólo en 1990 ya hubo un nutrido grupo de películas del género (en sus múltiples variantes) que fueron determinantes para mantener el interés del público: La Escalera de Jacob (genial Tim Robbins en una más que recomendable producción), Misery (gran adaptación de una novela de Stephen King), Razas de Noche (¿Cómo olvidarla? Seth ya tarda para La Nevera de Zuul!), o la segunda parte de Gremlins, que no era terror-terror pero a mi me encantó, qué pasa.

En los siguientes años pudimos seguir gozando de maravillas como la ultrafamosa Braindead (de 1992, dirigida por Peter Jackson -cuando aún era un jovenzuelo con ganas de bronca- y de la que no vale la pena destacar mucho porque la mayoría os la conocéis de pe a pa), Drácula (también del 92, con Coppola en la dirección y Gary Oldman comiéndose con patatas a cualquier colega de reparto. Si no la habéis visto merecéis la ablación) o El Ejercito de las Tinieblas (de 1993, que conformaba la famosa trilogía de Sam Raimi iniciada con Evil Dead, aunque esta tercera entrega cambiaba radicalmente de registro para convertirse en una especie de festival del humor negro. Eso sí, mola).

Primeros efectos descubiertos ante el visionado íntegro de Alatriste

Ya veis que la cosa no estaba nada mal, pero si tenemos que destacar una película que marcara de verdad la diferencia, que marcara un punto de inflexión en la evolución del cine, que marcara un antes y después hasta en la manera de hacer los créditos iniciales, y que, en definitiva, marcara nuestros culos como si de una vulgar res se tratara... Pues no destacaremos una, no, sino DOS obras del séptimo arte:

La primera es la infaltable El Silencio de los Corderos, de 1991 y dirigida por Jonathan Demme, donde el mano a mano entre Jodie Foster (en el papel de la novata Claire, que debería haber interpretado Michelle Pfeiffer) y Anthony Hopkins (el inolvidable doctor Hannibal Lecter, papel que en un principio se pensó para Jack Nicholson o Gene Hackman) alcanzaba proporciones épicas, pero tan épicas que la tremenda peli que nos plantaron en las narices se llevó cinco Oscars de la academia y la aprobación unánime de toda la crítica mundial y también la mía.

Esto es lo que te puede pasar si declaras publicamente que el cine español tiene que ser divertido

Y es que la historia de cómo la joven agente del FBI, Claire Starling, acude al temible psicópata caníbal, el doctor Lecter (que está entre rejas en un sanatorio), para que le ayude a cazar a otro asesino en serie en racha, llamado Búfalo Bill, se ha quedado grabado para siempre en la mente y las retinas de la mayoría de nosotros. Como curiosidad, en ella pudimos ver unos cuantos cameos interesantes, como los de Chris Isaak, el director Roger Corman o hasta el gran George A. Romero .

Es una lástima que la Foster no quisiera repetir su papel en Hannibal (2001, Ridley Scott), la tardía secuela, por la chorrada esa de que no le gustaba ver connotaciones humanas y humanitarias en un personaje tan cruel y desalmando como el que encarna Hopkins.

No es que Julianne Moore estuviera mal, pero es que sin la actriz original se perdió buena parte de la magia que envolvía la primera, a pesar de que la obra de Scott se acercaba bastante más el enfoque dado por el autor del libro, Thomas Harris, hacia Lecter que no a la que daba Demme en su obra maestra.

(A lo que yo digo: CHORRADAS. La primera es la mejor, proclamo)

Hubo tiempo de hacer una tercera parte llamada El Dragon Rojo (en 2002, de Brett Rattner... sí, el de X-Men 3) que en verdad era una precuela que nos contaba cómo fue detenido el temible caníbal de manos del policía Will Graham (Edward Norton) y como éste fue ayudado por el doctor a pillar a otro loco psicópata tatuado hasta el ojal, llamado Francis Dolarhyde e interpretado por Ralph Fiennes.

Para muchos esta tercera era superior a su predecesora (para mí están a la par, a pesar de ser diferentes en enfoque) y como curiosidad decir que ya hubo una adaptación cinematográfica de la novela que inspiró la peli de Rattner, llamada Manhunter (1986) y con el gran Brian Cox (el malo de X2) en el papel de Lecter.

Esta peli va sobre el increíble caso de un tío que tenía dos ojetes en la espalda y cagaba churretes afilados

En segundo lugar, hablar de LA película por antonomasia de los 90 (con permiso de Pulp Fiction):

Hablo de SEVEN.

Oh sí, dejadme decirlo otra vez: SEVEN.

Tremendo.

Resulta que David Fincher, harto de hacer vídeos para “músicos” tipo Madonna o Sting (ojo, sin contar que en el 90 había parido Alien3) decidió que ya era hora de sodomizar a todas esas pelis que iban apareciendo como cagarrutas de mosca por nuestras pantallas y dejarlas para el arrastre. Para ello pilló por banda a Brad Pitt, a Morgan Freeman, y luego a un tal Kevin Spacey, y les dijo: “Vais a hacer la PUTA MEJOR PELÍCULA de todos los tiempos”.

Y así fue.

"Hey, soy el director mega-enrollado David Fincher y pongo pollas en mis películas. Y no soy español."

La historia nos situaba en la investigación que llevan los policías Sommerset (el veterano, interpretado obviamente por Freeman) y Mills (Pitt haciendo de novato), para atrapar a un retorcido asesino (llamado John Doe y magistralmente encarnado por Spacey) que mataba a sus víctimas cruel y salvajemente siguiendo metódicamente los siete pecados capitales.

Todo en la película es perfecto: los diálogos (increíble guión de Andrew Kevin Walker, que tuvo mucho que ver en Sleepy Hollow), la atmósfera (oscura, asfixiante, enfermiza, y de la que han bebido multitud de posteriores thrillers criminales), los actores (el dúo principal, en plan buddy movie oscura, alcanza un carisma estratosférico), el final, etc.

"¿Cómo? ¿Que han encontrado el cadáver de Uwe Boll? ¿Y que han dejado una nota que pone Cinecutre prevalece?"

Seven caló tan hondo que tuvo cantidades ingentes de clones, de los cuales me vienen a la cabeza dos, la incoherente Siniestro de Uwe Boll (Con Casper Van Dien haciendo de asesino impávio), y la cochambrosa Resurrección, dirigida por Russell Mulcahy (¡que es el que está haciendo RE3:Extinction!) y que la rodó con un puñetero filtro verde delante de la cámara para darle un toque más mugriento y tormentoso al asunto. Aunque lo mejor de todo es que estaba protagonizada por un desesperado Christopher Lambert, que muuuy atrás quedaban sus mejores tiempos. Huelga decir que el churrasco este fue horroroso.

Hubo rumores hace poco de que se quería hacer una secuela en la que, entre otras cosas, sólo estaría Morgan Freeman del reparto original, que la historia no tendría nada que ver con su antecesora, y que el asesino tendría una especie de poderes mentales. No hace falta decir que solo fue una chorrada de las gordas y que, gracias a Dios, ha sido simplemente un bulo.

Al cine más caposo nunca le faltarán buques insignia

SCREAM FOR ME HOLLYWOOD

A pesar de estos dos grandes antecedentes, el cine de locos encapuchados rebanando tiernas yugulares no acababa de despegar ni dar el gran salto a la primera división. Para rematar el asunto, llegó M.Night Shyamalan y puso patas arriba la industria con la conocidísima El Sexto Sentido (1999), donde Bruce Willis cambiaba genialmente su habitual registro para protagonizar un pedazo de peliculón famoso, sobre todo, por su rompedor final (que todo el mundo conoce) y que te dejaba más helado que los cojones del Yeti.

Digamos que esta nueva visión del cine de muertes y fantasmas (más pausado, más “adulto”, y, sobre todo, más preocupado por interiorizar en los procesos mentales de sus protagonistas y no por recurrir al susto fácil y gráfico) le hizo un flaco favor a nuestro cine más neandertal y huevero, ya que puso de moda toda una batería de films (o de thrillers psicológicos) filmados a cámara lenta y basados únicamente en la jodida vuelta de tuerca final para darle explicación a la imbecilidad que se contaba.

Mal lo teníamos, pero ante tal desolador panorama tenía que llegar, quién si no, don Wes Craven para zurullarse en este tipo de productos y dejar claro quién es el rey.

Éste es el culpable de nuestras peores pesadillas infantiles

En noviembre del 1996 acuchillaba la gran pantalla Scream (cuyo título inicial tenía que ser en verdad Scary Movie... ¿Os suena?), protagonizada por la olvidada Neve Campbell, la televisiva Courtney Cox y el David “hermano de” Arquette, y que redefinía todas las directrices del género gracias a un sublime ejercicio de autocrítica y autoparodia, llena de referencias a otros clásicos del terror, y volviendo a situar al slasher de corte más tradicional en lo más alto.

La trama se centraba en la traumática vida de Sidney Prescott (Campbell), cuya madre había sido violada y asesinada apenas un año atrás por, supuestamente, su padre, que había desaparecido después de los hechos. Es en ese momento cuando una serie de fatídicos asesinatos asolan su universidad (emulando a famosas pelis de terror) y pronto las sospechas de que su propio padre está detrás de la identidad del asesino comenzarán a atormentar a nuestra protagonista.

Courtney Cox y Neve Campbell mirando el futuro de su carrera artística sin verlo demasiado claro

Por decir algo, ya sólo sus primeros quince minutos pasaron a los anales del celuloide gracias a un telefónico (y angustioso) tour de force entre Drew Barrymore (que debería haber sido la actriz principal del film, no porque lo diga yo, sino porque esa era la idea inicial de Craven) y el maníaco, salpicado con un tenso crescendo que nos iba alicatando a fuego lento en la butaca hasta sumirnos en coma profundo en el momento que alcanzaba su clímax.

Y eso que no llevábamos ni una cuarta parte de metraje.

¡Pero si sólo quería un picooo!

Además, su desenlace final demostró que no hace falta recurrir al brusco (y gratuito) volantazo de último minuto para sorprender al público. Y eso era lo más importante: AÚN se podía sorprender al público sin pedirle un esfuerzo extra de credibilidad.

La recaudación sobrepasó los 100 millones de dólares (una bestialidad) y su empujón al nacimiento de toda una generación de nuevos slashers para adolescentes fue definitivo para el renacimiento del género.

Con tal éxito solo tuvo que pasar un año para que se estrenara su secuela, donde repetían los mismos protagonistas, haciendo frente (otra vez) al asesino de la máscara munchiana y, de propina, al estreno de una morbosa película (llamada Stab) basada en sus trágicas experiencias durante los crímenes de Woodsboro. El nivel del film aguantaba bastante bien las embestidas comparativas respecto a su antecesora y fue una digna continuación (con un final algo menor) cuyo obvio éxito facilitó que tres años después llegara el fin de la trilogía con una tercera parte quizá menos “asustadiza” y sí mas llena de humor negro.

En ella, y como siempre, nuestros héroes en apuros otra vez y metidos ahora de cabeza en los crímenes que se van sucediendo durante el rodaje de la metapelícula Stab 3, rodada en plena meca del cine.

En esta tercera su inicio quizá no era tan impactante como en las otras dos pero se mantenía sólidamente gracias a su buen guión y al grueso de sus personajes, que cobraba mucha más importancia en detrimento de la sangre y los sustos.

Como nota anecdótica decir que hay geniales cameos de Carrie Fisher (riéndose de ella misma) y de Jay y Bob el Silencioso (no os perdáis Clerks 2).

Los tenía que poner, que pasa

Con el éxito de esta saga pronto llegaron sus hermanos bastardos lanzados a recoger las migajas que había dejado la obra de Craven.

Sólo un año después del estreno de la primera, apareció Sé lo que hicisteis el último verano, una imbecilidad de gran éxito que confirmaba un género al alza y creaba toda una legión de fans de escaso criterio pero con muchas ganas de divertirse y ver sangre.

Además, esta peli fue una buena oportunidad de ver a toda la nueva hornada de jóvenes promesas (en ese momento lo eran) en su estado más tierno: Sarah Michelle Buffy Gellar , Jennifer Love- meños -Hewitt, el bocazas de Freddie Prinze Jr. o el guaperillas de Ryan Philippe. Todos ellos las pasaban putas cortesía de un loco encapuchado (al que Candyman le había prestado su garfio, tuneado para la ocasión) que ellos mismos habían atropellado durante una desbocada noche veraniega, para seguidamente darse vilmente a la fuga.

En plena locura psychokillesca, esta primera parte fue perfectamente aceptada, pero por lo visto no tanto como su segunda (de 1998, titulada Aún sé lo que hicisteis el último verano), que debió provocar que su tercer episodio (Siempre he sabido lo que hicisteis el último verano, por estrenar este 2006) se vaya directamente al dvd.

La primera idea era dejarse de ostias y poner directamente un primer plano del escotaco de Love-Hewitt.

La otra peli nacida a remolque del éxito de Scream, y que también cosechó lo suyo, fue Leyenda Urbana (1998, dirigida por Jamie Blanks) donde un descerebrado sembraba el caos en un campus universitario matando a sus estudiantes siguiendo los patrones de las típicas historias que se cuentan (que le pasaron al amigo de un amigo de mi primo) de dudosa veracidad pero de innegable morbosidad. O sea, las leyendas urbanas. Lo bueno de este film es que tenía muchas dosis de humor negro y no pretendía más que tenernos un rato entretenidos. Hubieron dos secuelas más bastante olvidables, sobretodo la tercera, que ni se ha estrenado en cines, que un servidor tuvo que parar a los 15 minutos de lo idiota que era y lo mal rodada que estaba.

Y bien, poco más que decir. Este humilde viaje por los 90 ha llegado a su fin y en el próximo (y último) MondoSlasher tocará hablar de lo que ha pasado a partir del 2000 hasta nuestros días, con dos protagonistas absolutos: el remake y el cine de chinos. No habrá piedad para ninguno de los dos. Prometido.

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