CRITICAS
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The Karate Dog (2004)

por en 3 diciembre 2021
FICHA TÉCNICA
 
TÍTULO ORIGINAL:

The Karate Dog

PAÍS:

Alemania/Estados Unidos

DURACIÓN:

81 minutos

 

¿Recordáis aquel estúpido anuncio de compresas que decía “¿a que huelen las nubes?” hace algunos años? Hoy me planteo una pregunta en la misma línea: ¿Qué forma tiene la vergüenza ajena? Pero esta pregunta no es abstracta ni metafórica ni ninguna gilipollez por el estilo. Esta pregunta tiene una respuesta muy concreta y definida: La vergüenza ajena tiene forma de DVD, y no sólo tiene forma de DVD sino que además tiene nombre. La vergüenza ajena se llama THE KARATE DOG.

Seré sincero. Vi la carátula y dije “esto tengo que verlo”. No hay otro pensamiento destacable para justificar el visionado de esta mierda. Al principio pensaba que la espantosa imagen que podéis contemplar arriba era lo que yo llamo una “fotoestafa”, y que en la película no se ve ni por asomo ninguna bizarrada semejante. Falso, nenes falso. En la película sale un perro que hace… Cosas. Pero creedme, eso es lo de menos, porque cuando uno se entera de que dos actores aparecen en ella (Jon Voight y Pat Morita), y los ve caer en la más inhumana de las humillaciones, lo que menos importa es lo que hayan hecho cuatro desgraciados con un ordenador, por esperpéntico que sea.

Si eres un curtido tragamierdas, The Karate Dog no tiene desperdicio para ti. Incluso sin el elemento bizarro del perro, la película es una aberrante colección de gilipolleces absurdas, la mayoría de ellas impregnadas del típico chascarrillo humorístico que no hace más que enfurecer al espectador medianamente inteligente. Yo recomiendo que os la bajéis, la veáis, vomitéis (que de vez en cuando es saludable purgar el estómago de mucosidades) y luego formateéis vuestro ordenador para que no queden residuos tóxicos de esta mierda en el disco duro. Pero si os da pereza tener que formatear el PC o bien no os sale de los huevos tragaros la película, pues bueno, os leéis esta crítica y tan contentos.

AVISO: Os la destripo prácticamente entera.

El filme da comienzo con una misteriosa escena en la que vemos a un viejo en bata (al principio no se le ve la cara porque está de espaldas, pero se trata del mítico Pat Morita, D.E.P.) sentado frente a un armario con lucecitas que simula ser una súper-computadora de la hostia. Tras manipular brevemente un teclado empotrado en el armario, se dirige hacia una puerta de cartón pintada con pintura plateada y golpea un botón falso que hay junto a ella, haciendo que salten chispas y que la puerta se abra. Tras ella hay un ¿laboratorio? atiborrado de hielo seco para que no se vea lo deficiente y pobre del decorado.  El viejo, se apodera de un cilindro lleno de ¿blandi-blub? y se larga de allí.

Al instante le vemos metiendo el cilindro en un horrendo y pobre jarrón de arcilla de la casa donde vive, que aunque parece una casa japonesa en realidad está ubicada, como pronto veremos, en un tugurio de San Francisco. El caso es que asistimos entonces a una inquietante escena: Pat Morita conversa con su perro acerca de una carta que acaba de recibir. En realidad esto no sería nada del otro mundo (muchas personas hablan con sus animales de compañía), si no fuera por que el perro le contesta hablando en lenguaje humano.

Gracias a la puta tecnología digital de mierda que tanto daño ha hecho al cine, la boca los ojos y las orejas del perro gesticulan y se mueven de forma antinatural mientras oímos la voz de Chevy Chase en la versión original y la que le ponen a Michael Parks (el sheriff de Abierto hasta el manecerKill Bill, etc) en la española. En esta conversación nos enteramos de que el perro se llama CHOCHO, (bueno se escribe Cho cho, pero fonéticamente no hay diferencia), aunque en la versión española dicen “Chu cho”, en un burdo intento de evitar que el público se descojone cada vez que nombran al puto animal; y de poca cosa más, dado que enseguida un ruido extraño sobresalta al anciano: Alguien acaba de colarse furtivamente en la pordiosera vivienda.

“Y entonces oí la voz de la cuarta bestia diciéndome “Ven a ver”, y contemplé un odioso perro blanco que hablaba. Y el nombre que le habían puesto era Cho cho… Y la puta mierda le seguía”

(NOTA para las chicas que leéis CINECUTRE. Como podéis sospechar, voy a hacer cantidad de chistes estúpidos, rancios y subnormales al respecto del nombrecito del perro de los huevos, os pido disculpas por anticipado).

Y los que acaban de colarse resultan ser cuatro maromos vestidos de negro y con pasamontañas, (y si se supone que tenemos que pensar que son ninjas, entonces el director es un mierdoso aún mayorm porque lo que parecen es un vulgar hatajo de cacos) comandados por un tipejo ataviado con una gabardina de imitación de cuero y una máscara blanca ridícula, que habla apretándose un botón del cuello (¿?¿?¿?). Estos facinerosos han venido a buscar el cilindro relleno de ¿blandiblub? que el anciano robó del laboratorio, y a fin de conseguirlo, el tío de la máscara ordena a sus esbirros que le peguen. Antes de esto oímos a Pat Morita pronunciar unas misteriosas palabras: “¿cómo te has atrevido a utilizar así algo tan puro y bueno?”; refiriéndose a la verdosa sustancia que contiene el cilindro. Sea como sea, las hostias están servidas. Chin Li, que así se llama el anciano, con ayuda de unos cuantos cables elásticos borrados en postproducción y algún que otro doble, les da para el pelo a los cacos, hasta que interviene el mongolo de la máscara, que le da una patada giratoria en todo el jeto dejándolo fuera de combate.

Pobre hombre, lo que tuvo que hacer para mantener su pensión…

Entonces interviene el perro Cho cho, que a una señal de Chin Li (concretamente dice “¡chocho, hai kid!” o algo así ¿?) se pone a hacer posturitas de kung fu y a repartir ostias como panes, aunque finalmente los malosos consiguen huir con el misterioso cilindro, no sin que el subnormal de la máscara se lleve antes un mordisco de Cho cho en la muñeca (mucho hablar y mucho kárate, pero sigue siendo un perro al fin y al cabo). Cuando los cacos se largan, vemos a una telefonista del servicio de emergencias atender a la llamada del perro (¿cómo ha marcado el número? ¿cómo sujeta el auricular? ?¿?¿) y luego presenciamos cómo el anciano japonés muere (por una sola patada ¿?) diciéndole sus últimas palabras al abominable cánido (“Cho cho, protege a los perros y habla sólo con quien busque la verdad”). Todo lo anteriormente descrito lo podéis ver en el siguiente vídeo. Fijaos bien en 1-Cómo APARECEN DE LA NADA los cacos en el interior de la vivienda y 2.- Cómo habla el tío de la máscara blanca, apretando un botón que no existe que (se supone) activa un distorsionador de voz QUE NO DISTORSIONA LA VOZ EN ABSOLUTO (es la voz que luego oímos en el personaje de Jon Voight, se descubre al instante):

El caso es que el viejo muere y la niña viv… y el perro vive (me parece MUY injusto). Llega entonces el momento de que entre en escena otro estúpido y asesinable personaje, en este caso el protagonista “humano” de la película:

El actor que interpreta este estúpido papel se llama Simon Rex, al que también hemos podido ver en diversas bazofias como Scary Movie 3 y 4. ¿Queréis saber en qué otra película aparece? Pinchad en el siguiente enlace (NO ES NINGÚN FAKE, OS LO JURO podéis buscarlo en IMDB si no me creéis).

Se trata de un joven policía de 30 años llamado Peter Fowler del que todos sus compañeros se burlan llamándole empollón. El motivo de esto es, a parte de su cara de gilipollas, el hecho de que siempre lleva consigo una maleta con un ordenador portátil en su interior, en teoría avanzadísimo y potentísimo, que se llama Colar, habla con voz femenina (la de Lory Petty para ser exactos, pobrecilla…) y le dice a su dueño cosas como “cariñito” y demás lindezas, y que tiene acceso a todas la bases de datos de todos los organismos policiales del mundo, permitiendo a su poseedor acceder a cualquier información que desee de forma instantánea (a esto lo llamo yo facilitar el avance de la trama, ¡ole por los guionistas!). Atención al aspecto del susodicho “computador”:

Que no os engañe ese ¿inhalador para el asma? o ese par de putos cables de colores pegados con pegamento, esta máquina accede de forma instantánea a absolutamente todo lo que le da la gana a su usuario, ya sean sistemas informáticos no conectados a ninguna red, circuitos cerrados de cámaras de seguridad o bases de datos privadas de todo el mundo. Al lado de Colar, Skynet es una cafetera con teclas.

El mameluco del ordenador se persona en el lugar del crimen (la casa de Pat Morita) y nada más entrar y tras encajar con indiferencia las burlas de sus estúpidos compañeros de profesión, se topa con el tercer personaje protagonista. Una poli jamona rubia y tetona llamada Ashley (Jamie Pressly) con la  que, por supuesto, está destinado a enrollarse (pero todo muy light, que esta peli es para niños ¿eh?):

“Déjame, que te acaricie el cho cho, déjame…” (Os doy permiso para votar este pie de foto para que entre en el Guinness como el chiste más infecto del año)

Después de “verificar algunos datos” con ayuda del súper ordenador Colar, la investigación queda interrumpida súbitamente al aparecer tres desgraciados capitaneados por un energúmeno calvo, que al parecer son de la perrera y vienen a llevarse al perro Cho cho. Estos individuos entran en la casa (recordemos, escenario de un crimen y atestado de policías),  con total impunidad, sin que nadie les diga nada. En parte es lógico porque, como hemos visto, al llegar el protagonista al lugar NO HAY CORDÓN POLICIAL ALGUNO (¿?). El calvo, que parece escapado de algún manicomio por la manera en que habla y gesticula, dice a los presentes que “viene a administrar un EAG, “Engáñalo, Atrápalo Gaséalo” (jar, jar, jar, festival del humor). Acto seguido saca un bozal e intenta ponérselo a Cho Cho, pero este se escabulle tras patearle la cara.

 “Vengo a cazar chochos” (jar, jar, jar)

Entonces el protagonista le pone la zancadilla al calvo loco para evitar que capture al perro (¿¿??) y acto seguido SALE DE ALLÍ PARA IRSE A SU CASA (¿¿¿??? pero si acaba de llegar, se supone que venía a investigar ¿?¿?¿?). El tío se monta en el coche y se larga, ignorando que lleva al perro Cho Cho en el asiento de atrás (y no me preguntéis cómo cojones no se da cuenta de que está ahí, porque mira que el perro es grandecito…).

Una vez el madero llega a su cubil se va al catre a sobar, aunque poco rato dura su sueño ya que el puto perro Cho Cho le despierta para darse a conocer. ¿Eh? ¿Qué decís? ¿Que cómo ha entrado el perro en la casa? ¿Cómo es que el tío no se ha dado cuenta antes? ¡¡¡MISTERIOOOOO!!! Aunque si no se dio cuenta cuando lo llevaba de polizón en el asiento de atrás del coche, no sé de qué tenemos que extrañarnos ahora; chifladuras del guionista…

Bueno, el caso es que nuestro estúpido protagonista descubre con horror que un perro parlante se ha colado en su casa, y además le pide ayuda para esclarecer la muerte de Pat Morita. Por supuesto no tarda en surgir la pregunta que todos nos hacemos ya desde el comienzo de la película: ¿CÓMO ES QUE EL PUTO PERRO HABLA Y HACE ARTES MARCIALES Y DEMÁS MONERÍAS? (La OTRA pregunta, la de “¿a quién cojones se le ocurrió llamarlo Chocho?” desgraciadamente nunca llegan a planteársela). La respuesta, la podréis saber si soportáis el siguiente vídeo hasta el final (es que no me siento con fuerza para explicarla, es demasiado denigrante):

“Chin Li era un maestro Zen muy poderoso, me ordenó que hablara y yo lo hice…” Tócate los huevos. Si esta explicación os parece “cogida por los pelos”, esperad a ver cómo sigue la película, vais a alucinar… Sea como sea, con esta pollada es de suponer que pretenden justificar también por qué Cho Cho hace artes marciales, y ya de paso aprovechan para sacar al puto animal haciendo toda clase de aberraciones como podemos comprobar enseguida. A la mañana siguiente, Fowler se levanta para ver horripilado la siguiente estampa:

 En este momento empecé a tener miedo…

Tras sobreponerse al horror de convivir con un engendro del Infierno como éste, el pobre madero decide llevarlo a la comisaría para que declare como testigo (bueno, más bien el perro le amenaza con cagarse en la alfombra y destrozar los sofás si no le deja acompañarle en la investigación). Durante el trayecto en coche hasta la comisaría, la repugnante alimaña se pone a canturrear gilipolleces, en otra de esas escenas graciosísimas de mierda, que dan ganas de cometer actos de violencia irracional, como rociarse uno mismo con gasolina, pegarse fuego y luego saltar por el balcón sobre la primera persona con perro que pase por debajo:

Finalmente llegan a la comisaría, y Fowler le comunica al comisario que el perro Cho Cho puede hablar, y que va a tomarle declaración. El comisario se queda perplejo como es normal, pero deja hacer a su subordinado. Entonces el puto perro se niega a hablar dejando en ridículo a Fowler, que sufre las burlas de sus estúpidos compañeros:

Ver a esos tres anormales mofándose del protagonista es como oír a un tomate decir “¡ostias, una lechuga que habla!”

Más tarde el puto perro se excusa diciendo ”te dije que sólo hablaría con quien busca la verdad, y ese eres tú” (¿?), y acto seguido le indica a Fowler dónde puede continuar la investigación: en el canódromo donde trabajaba Chin Li.

En el susodicho canódromo conocemos a otros tres mugrosos personajes: Hamilton Cage, dueño del cotarro y, ¿para qué os voy a engañar?, maloso de la película (interpretado por Jon Voight, que estaría más digno con los pantalones bajados y la cara untada con mierda de gato); su hijo Edward (un gordinflón capullo que por suerte no hace DEMASIADO el subnormal, al menos en comparación con el resto de personajes) y Wolfgang, el “calvo aguantador” (yo lo llamo así porque es calvo y se dedica a aguantar cosas: los martinis que se churrupa su jefe, las tablas de poliespán que rompe en sus entrenamientos de karate, y a juzgar por su perpetua cara de mala uva, seguramente también se aguanta las ganas de chillar de vergüenza).

Jon Voight pensó que rodeándose de don nadies destacaría en la película. Desgraciadamente tuvo razón. Ahora daría su brazo derecho por haber pasado desapercibido…

A continuación, un deplorable (para variar) vídeo donde podréis ver a estos tres inútiles en acción:

También anda por allí una señora de pelo oxigenado que, según nos dicen, es hija de Cage y por lo tanto hermana de su gordo hijo. Y la verdad es que no veo una mierda de parecido entre ellos. En cambio, sí que parece emparentada con una “querida amiga” de los lectores de Cinecutre…:

¡¡¡AAAAARGHH ES LA HERMANA DE BRITTA!!!

Mientras Follen… Perdón, mientras Fowler conversa con Hamilton Cage de gilipolleces, el perro Coño…. Perdón, el perro Cho Cho se dedica a conversar con los perros del canódromo (¿cómo? ¿los otros perros también hablan? ¿?¿?¿?¿?¿? efectivamente así es). Cho Cho conversa con una hembra de galgo (dos chochos hablando, jar, jar, jar, sí, sí, chiste feo lo seeee…) llamada Marybeth, con la que queda para charlar “después del baño antiparásitos de las 6” (cosa que nunca sucede), para que le cuente todo lo que sabe sobre el canódromo.

Al poco rato los dos protagonistas se largan de allí acompañados por la hija de Cage. Para abrir la puerta de entrada y salida del recinto, la susodicha utiliza una especie de tarjeta de identificación electrónica. Fowler saca disimuladamente su móvil y LO PASA POR DELANTE DEL SENSOR (bueno, de unas lucecitas rojas que se supone son el sensor) y haciendo esto, COPIA EL CÓDIGO DE LA TARJETA  DE LA INTERFECTA (¿¿¿¿!!!!!!!!!!!??? ¿¿¿QUEEEE???), que ipso facto envía ¿por messenger? a su fiel ordenador Colar. Como más adelante veremos, esto le permite CLONAR la tarjeta para colarse en el lugar como Pedro por su casa.

 Cuanto más “futurista” es la “seguridad”, más chupado está saltearla (sobre todo si se inventan capulladas como ésta). ¿Por qué no ponen una puta cerradura y un segurata como está mandado? Tienen a un calvo que aguanta los Martinis pero no a un tío para vigilar quién entra y sale…

Al salir ellos, también lo hace un coche conducido por alguien al que no vemos la cara, pero que lleva un vendaje en la muñeca, donde Cho Cho mordió al tío de la máscara blanca (mmmh un chocho mordedor…. Igual se refería a esto el portero de “La teta enroscada”… jar, jar..). Total, que Chocho le arrebata las llaves del coche a Fowler y se pone a perseguir al misterioso conductor, dando lugar a otra apedreable escena de las de esconder la cabeza dentro del váter de la vergüenza que da. Atentos sobre todo a CÓMO QUEDA EL COCHE tras romper una simple valla de madera y rodar tres o cuatro metros por un irrisorio terraplén:

En realidad lo que seguramente pasó es que al director de esta bazofia le destrozaron (merecidamente) el coche con palos y piedras y él decidió aprovecharlo en la película…. 

Tras esta puta mierda de escena tiene lugar un breve encuentro con Ashley, la poli rubia jamona, que culmina en cita nocturna con cena en un restaurante supuestamente caro. Como Fowler no tiene mucha mano con los chochos (jar jar jar hoy estoy matador con los chistes) porque es el arquetipo de memo empollón tímido y capullo que da asco, pues en la cita lleva un pinganillo por el que Cho Cho (el perro) le hace de Cyrano soplándole frasecitas románticas.

 

“Déjame, que te acaricie el cho cho, déjame…” Uh… esto ya lo he dicho ¿verdad? joder, es que me lo ponen a huevo…

Por supuesto no hay tregua para la dignidad del espectador. Durante la cita, una perra supuestamente “atractiva” se pasea por las inmediaciones del escondite desde donde Cho Cho hace de apuntador, provocando que se le escapen comentarios del tipo “¡Dios, menuda perra, estás increíble!” que el pobre Madero capta por el pinganillo y repite provocando el cabreo de la rubia (ja-ja-ja, me parto y me mondo). Por suerte nuestro protagonista tiene una mínima capacidad de reacción, se quita el puto auricular y arregla el malentendido, consiguiendo triunfarse (al menos hablando) a la susodicha.

Cuando un ratillo después la pareja llega a casita del madero y parece que al fin nuestro amigo va a mojar el churro, se percatan que del interior de la vivienda emanan ruidos de jolgorio y juerga padre, y un segundo después vemos rodar por las escaleras un barril de cerveza vacío. Parece que alguien ha montado una fiestecita en la casa (por supuesto ha sido el puto perro, como en seguida veremos). Fowler se justifica diciendo “que son sus primos” (¿?) pero la rubia se mosquea y se larga (¿¿??). Fowler y su dolor de huevos entran en casa para descubrir otra escena grotesca de bochorno y humillación al espectador:

Sí, al final resulta que Chocho es un perro normal y corriente y que toooodos los perros hablan, y bailan y beben cerveza y juegan a las cartas y hasta pinchan discos ¿y el cuento chino ese del “maestro Zen”? A tomar por saco, ¿qué guionista se acuerda de esas minucias cuando está acojonado porque el PETA quiere quemar su casa con él dentro por ridiculizar y humillar a los perros?

Tras ponerse histérico y echar a los pulgosos cuadrúpedos parlanchines de su casa (y no sin que uno de ellos se le mee en la pierna como marcan los cánones de las más odiosas comedias gorreriles), Fowler procede a montarle un pollo a Cho Cho, pero éste le replica diciendo que “todo era una tapadera para oír la opinión de la calle con respecto al asunto de lo que pasa en el canódromo”. Y lo que pasa en el canódromo es que ponen productos extraños en la comida de los perros que, por lo visto, les hace mas rápidos y fuertes pero también mas agresivos e inestables.

El caso es que Fowler y Cho Cho deciden colarse en el laboratorio de Biotech (habría que tipificar un nuevo delito en el código penal llamado “plagio recursivo universal y perpetuo de mierda” para acusar de él a los guionistas de pacotilla que se “inventan” estos nombrecitos, y meterlos en la cárcel 666 años), haciendo uso de la tarjeta clonada por arte de cachondeo puro, para hacerse con el archivo de la fórmula milagrosa que inoculan a los chochos… Perdón, a los chuchos del canódromo. Por supuesto el guionista no ha tenido el menor escrúpulo en echar mano de forma estúpida, odiosa e híper previsible, de la archiconocida y mil veces parodiada escenita de Misión Imposible, la del asalto al cuartel general de Langley: Entrada por el sistema de ventilación y el puto perro colgando de un arnés, según el mismo Cho Cho nos explica, “para no tocar el suelo porque si lo hace se disparará la alarma” (¿?).

¿¿Cómo?? ¿Y Pat Morita al principio de la película qué? El entró en esa misma habitación sin arneses ni hostias, andando tranquilamente y no se disparó ninguna puta alarma… Y al final del vídeo podemos ver como Fowler VUELVE A IZAR AL PERRO…¿y el disco con los datos copiados? ¿se lo dejan ahí? (¿?) ¿y para qué se disfraza Fowler al principio, para quitarse el disfraz segundos después? ¡Si no hay nadie! (¿?¿?)   

Los dos gilipollas salen del edificio con la valiosa información robada y se la llevan al comisario, sólo para descubrir que todo es una trampa. El archivo que han robado es un demoledor “virus” que HACE ESTALLAR LOS ORDENADORES de la comisaría cuando lo ejecutan (sí, LOS  ordenadores, en plural, no sólo estalla el ordenador que están utilizando, sino también todos los del edificio).

Si hubieran utilizado a Colar en vez de esos mierdosos ordenadores no solo no hubiera estallado si no que hubiera hecho estallar el ordenador del malo. Son absurdos dentro de su propia absurdez…

Mientras tanto, nos enteramos de que Hamilton Cage ha probado con él mismo el compuesto milagroso que dan a los perros, y éste le ha proporcionado gran fuerza y vigor, pero a su vez le está produciendo extraños efectos secundarios, que le hacen comportarse de manera bizarra y sonrojante, además de provocar la aparición de asquerosas ronchas y sarpullidos en su cara:

Fowler, pese al paquete que ya le ha metido el comisario por la cagada de los ordenadores, sigue emperrado en conseguir pruebas para empapelar a Jon Voight y a sus esbirros. De nuevo él y Cho Cho, con la ayuda del otro cho… de Jamie Pressly (vale, vale, ya lo dejo, no me miréis así) vuelven a intentar colarse en Biotech, donde descubren los efectos devastadores que el compuesto L99 (así se llama la formulita de marras) provoca pasado cierto tiempo en el organismo (lo que le está empezando a pasar a Cage, que a estas alturas ya empieza a parecer uno de los protagonistas de Cabin Fever):

Eeeehh…¿A esto se refería Pat Morita al principio de la película cuando decía “Puro y Bueno”? No acabo de entenderlo, será filosofía Zen de esa…

Pero esta vez los malosos ya se huelen la tostada y les tienen preparada una emboscada. Jon Voight ordena raptar a la rubia y luego llama a la pasma, y como quiera que Fowler y el puto perro están cometiendo allanamiento, al pobre madero le quitan la placa y al perro se lo llevan a la perrera municipal los cuatro gilipollas que hemos visto en la escena del principio, los que iban a “administrar un EAG” (Misteriosamente nadie se preocupa por Ashley ¿?¿?).

Este se supone que es el punto en el que la situación es desesperada y parece que todo se ha ido al traste, y el espectador debe sentir tensión por saber si todo acabará bien o algo, pero en realidad aquí es cuando te sientes más feliz al ver a los odiosos protagonistas hundidos en la mierda, y sobre todo, al ver cómo le echan el lazo al irritante perro Cho Cho para meterlo en la puta jaula y después sacrificarlo (no nenes, no saquéis el champán que no tendremos esa suerte).

 Noooo, con el lazo noooo, hay que utilizar la sierra mecánica, jodida calificación por edades….

Total, que Fowler se vuelve para su mugrosa casa, sólo para ver en las noticias de la tele otro hecho gilipollesco y carente de coherencia: Tras probar “con éxito” el compuesto L99 en humanos, Cage anuncia que lo incluirá en la composición de todo tipo de productos de consumo habitual, como los cereales para niños o las patatas fritas. ¡Venga, alegría! Aquí no hay ni Sanidad, ni organismos que regulen la composición de los alimentos, ni hostias que valgan, por no hablar de que en ese momento el estado físico y mental del puto viejo es como poco para ponerlo en cuarentena seis meses, así como el de los perros que comen ese mejunje. Aquí nadie dice nada, ni se da cuenta de nada, y los trámites legales para comercializar cualquier mierda son instantáneos, parece que en el universo de Karate Dog la especie dominante sea el homo-subnormalis.

Fowler presencia todo esto horripilado, pero el ordenador Colar le anima a no rendirse y toda esa mierda, bla, bla, bla, bla… Inmediatamente se pone a buscar una forma de ayudar a sus amigos. Lo primero es localizar a la chati secuestrada. Como ya hemos visto antes, el ordenador Colar es un mega monstruo de la inteligencia artificial, que deja a HAL 9000 a la altura de “Kike, tu primer ordenador”, así que utilizando los planos tridimensionales “tipo resident evil” de los laboratorios Biotech que ya “se habían descargado antes” (¿de dónde? ¿de Internet?) para el anterior intento de infiltración y “pinchando” el circuito cerrado de cámaras del edificio (¿¿?? ¿las cámaras también están conectadas a Internet?), localizan en un periquete a la rubia atada a una silla en una de las habitaciones .

“Vale, ya sabemos dónde está Ashley, bien hecho Colar, ahora pincha la cámara del vestuario de las tías… “

El siguiente paso es liberar al satánico perro karateka, lo que sucede en una inauditamente absurda escena, incomprensible y por supuesto vergonzosa a más no poder, para no perder la costumbre. El madero entra en la perrera, mientras el energúmeno del EAG se regodea en su crueldad hacia los animales gritando en voz alta “soy el azote de los perros ¡bhahahahah!”; y le pide que libere al perro Cho Cho. Como el otro lo manda a la mierda, de pronto el poli saca de no se sabe dónde a un perro de esos con el morro deforme (no sé cómo se llaman, lo podéis ver en la foto de abajo) para amedrentar al desagradable funcionario. Lo triste del caso es que se aprecia perfectamente que el perro pasa de su puta cara, y mira a un punto indefinido del horizonte, como si el tipo no estuviera allí, es como si hubieran filmado la escena utilizando una pantalla verde o algo así. Juzgad vosotros mismos:

 

¿De donde ha sacado a ese perro? (no, no lo ha liberado de ninguna jaula, aparece de repente ahí) ¿Y el bozal con lacitos de la ultima foto? ¿Qué coño les pasa a estos alemanes?

Inmediatamente Fowler y su perro diabólico (el del morro deforme no, el otro que se llama Cho Cho) se dirigen hacia la sede de Biotech, conduciendo un camión de la perrera con todos los perros que han liberado en la parte de atrás, a modo de refuerzo policial. Mientras tanto, Jamie Pressly también tiene su momento de gloria. En la siguiente escena se revela que ella también es una fiera con las artes marciales y que el calvo aguantador es un subnormal que no habla porque sólo sabe emitir gruñidos de gorila (y que él no mató a Chin Li):

Fowler y Cho Cho, acompañados por la jauría de perros rabiosos de la perrera, toman Biotech al asalto, donde un John Voight  cuasi esquizofrénico y lleno de ronchas lleva a cabo una rueda de prensa para presentar su mortífero producto. Los perros entran mordiendo a todo el mundo y causando el pánico, por lo que Cage y su obeso hijo huyen a la azotea del edificio donde se supone que tiene que venir un helicóptero a recogerlos (helicóptero que jamás llega a aparecer, por cierto). Pero Cho Cho les sigue hasta allí, y entonces tiene lugar lo que estabais esperando todos: el combate final entre Jon Voight y el puto Cho Cho hecho por ordenador. Agarraos a la silla, o mejor a la taza del váter, que os vais a cagar.

El duelo comienza con una competición de break-dance que culmina con Jon Voight cayendo de cabeza a un conteiner de basura para después ponerse a arrojar dos estrellas ninja (¿?), y luego todo tipo de desperdicios que Cho Cho esquiva EN TIEMPO BALA mientras su adversario se mueve a velocidad acelerada poniendo caretos. Dentro vídeo:

Después de esto dejan que el espectador se recupere un poco de las nauseas y el mareo, llenando medio minuto con el típico diálogo fotocopiado de miles de películas anteriores (“Nunca me vencerás Cho Cho”, “vengaré a mi maestro”, “¿Y mi kimono? ¡kiah!”, “Está en la lavadora ¡kiah!”), en el que se “descubre”, por la marca de mordedura que lleva Cage en la muñeca, que él es el asesino de Chin Li y no el calvo aguantador (¡oh, sorpresa acojonante!). Y yo digo: el puto perro éste sabe hablar, sabe hacer karate, sabe conducir, sabe cantar, sabe hacer absolutamente todo… Menos lo que cualquier chucho (que no “chocho”) vulgar hace: identificar el olor de una persona, y por eso hasta este momento era incapaz de identificar al asesino de su puto maestro (es la única explicación posible). Eso sin contar el insignificante detalle de la voz, claro…

Bueno, sea como sea, llega el momento del último round de la apoteósica pelea entre John Voight y el perro Cho Cho. Sobran las palabras, simplemente pulsad “Play” si tenéis huevos:

Tras este demoledor combo de humillaciones públicas, Jon Voight se da a sí mismo la patada en el culo final agarrando un cable de alta tensión y electrocutándose, quedando así fuera de combate, en un acto definitivo de gilipollez extrema. Cuando parece que la subnormalizante batalla ha terminado, Edward, el puto gordo mamón saca una pistola (¡sí, existen esas cosas en la peli! ¡increíble! sólo que la poli parece que no las lleva ¿?) y le pega un tiro a Fowler, pero el perro Cho Cho salta y se lleva el balazo salvándole la vida a su compañero, al más puro estilo Socios y Sabuesos (sólo que Cho Cho no muere, por desgracia). Acto seguido llega el ansiado final de esta tortura fílmica: A Fowler le dan la medalla al valor (¿? ¿por asaltar un edificio público llenándolo de perros vagabundos que previamente ha sacado de la perrera robando un camión e intimidando al encargado? porque poco mas ha hecho él…) y a la ceremonia asiste Jaime Pressly vestida con una discretísima minifalda, o mejor debería decir “maxicinturón”, acompañada por el perro parlanchín.

Los dos chochos desfilando juntos (éste es el último ¡¡¡lo juro!!! pero es que, joder con la minifaldita, encima de corta, se transparenta…)

Los dos agentes (la rubia y Fowler, no la rubia y el perro) se pegan el morreo padre y como colofón asistimos a un número musical bizarro grotesco y brutalmente bochornoso (como no podía ser de otro modo), en el que el perro Cho Cho canta una canción acompañado por una banda de perros músicos, delante de todo el que tenga ojos y oídos y pase por allí. Fundido a negro, créditos y nos quedamos sin saber si el gobierno de los Estado Unidos declaró San Francisco zona en cuarentena y construyó un laboratorio secreto para estudiar a la población de perros parlanchines y determinar qué clase de amenaza mutante del Infierno son esos animales:

CONSIDERACIONES FINALES

Me vais a permitir la sobrada, pero las personas que perpetraron esta abominación están mal de la cabeza. No hay otra explicación posible, yo creo que la filmación de esta película debió formar parte de algún tipo de programa de actividades para gente discapacitada, y el guionista es un anormal de grado profundo o un trastornado mental. O eso o todos son habituales consumidores de amanitas muscarias. NADA de lo que ocurre en la película tiene lógica, todo son gilipolleces absurdas una detrás de otra. Empezando por el tema de que el ”extraordinario perro hablador” de extraordinario tiene lo que mis legañas, puesto que todos los perros son capaces de hacer lo mismo, pasando por el asunto de la informática, que desde Operación Swordfish no se había visto nada tan grotesco, y acabando con el vergonzoso infantilismo de todos los demás elementos de la película, que parecen haber sido ideados por un completo subnormal.

El que diga que esta película es para niños, se merece el presidio de por vida por infravalorar tan vilmente la inteligencia del público infantil, porque esta película es para gilipollas o para desquiciados engullidores de mierda como yo. Los únicos alicientes que pueden atribuirse a esta roña son 1- que no tiene la más mínima pizca de pretenciosidad, (aquí todos parecen disfrutar haciendo el ridículo) y 2- que no pierde ritmo ni por un segundo, cada uno de sus ochenta minutos es un completo despiporre de abusrdeces, con lo que no aburre absolutamente nada. Como dije antes, si os gusta la mierda de verdad os lo pasaréis pipa.

Y bueno, supongo que no puedo terminar la crítica sin remarcarlo: el colmo de la vergüenza y la humillación es ver al ya desaparecido Pat Morita y, sobre todo, a Jon Voight, arrastrando su dignidad por la apestosa mierda que es este bodrio, haciendo aspavientos y poniendo caretos como un fracasado actor de serie Z cualquiera, y dejándose noquear a lametones en la cara por un perro que habla; como si estuviera arruinado o desahuciado y tuviera que meterse en estas inmundicias para subsistir. Muy mal, señor Voight, muy mal, verle mezclado en esta bazofia me hace pensar cosas bastante negativas sobre su carrera…

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