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¿TELÉFONO NEGRO? VOLAMOS HACIA CALLAO. Crónica de la 18ª Muestra SyFy

por en 2 junio 2022
 

A medio camino entre la resaca que todavía arrastramos de la última Cutrecon, del tamaño de los lagartos terribles a los que estuvo dedicada, y un junio que anuncia la vuelta de Nicolas Cage por partida doble (“Pig” y “El insoportable peso de un  talento descomunal”), la sorpresa llegó cuando pensábamos que un año más nos quedábamos sin ella. Y es que, tras la edición cápsula del pasado Halloween, que sirvió para mitigar el mono tras año y medio de carestía por culpa de esa pandemia que no habría desentonado en ninguna película apocalíptica, la Muestra SyFy vuelve para cumplir su mayoría de edad.

Un regreso que mantiene la separación entre espectadores hostiles con ganas de armarla (y que consiguen que cualquier película con vocación de somnífero se convierta en una fiesta) y sesudos cinéfilos que desean ver las cintas con paz y tranquilidad, quizás en una ligera confusión entre está muestra y un ciclo de la Filmoteca. Una vuelta que trae de nuevo su duración habitual de tres días y medio. Y sobre todo, un retorno en el que no faltó cachondeo, las críticas creativas y poco constructivas y, por supuesto, las floridas rimas en torno al debut fílmico de Yorgos Latimos y cierta popular hortaliza. Los clásicos son los clásicos.

El debut llegó la noche del jueves 26 con una de las cintas más esperadas, “Black phone” (2021), película de terror basada en un relato de Joe Hill, el vástago de Stephen King (que hagan ya un estudio de la genética de esta gente, por favor, puede ser un digno candidato al Nobel). De buen arranque, ambientada en los años 70 (parece que ya se ha abusado de los 80) y presentando la historia de un misterioso personaje que rapta niños, desemboca en un curioso híbrido entre “It” (esos globitos negros…) y “Solo en casa”, con toques de “Señales”. Un conjunto chocante en el que destacan sus personajes carismáticos, aun con un muy desaprovechado Ethan Hawke como un villano de la función con ramalazos puntuales de Joker, y algún momento inquietante pero que resulta mucho menos catártica de lo que pretende.

Pero este era solo el aperitivo. El primer día en condiciones sería el viernes, en el que las sesiones irían de la sobremesa a la madrugada. Y nunca mejor dicho, porque la primera película proyectada, “Settlers” (2021), de no ser por su ambientación en Marte, tendría un guion digno de sesión de tarde, con toda una serie de cruces de amores y odios entre una familia de colonos del planeta rojo y un grupo de extraños que van a interrumpir su plácida existencia. Su falta de ritmo y más de algún sinsentido (como esos animales de granja que parecen materializarse de la nada) no ayudaban precisamente a entrar en esta historia, de la que algún aspecto se salvaba, eso sí, como el mudo pero carismático robot Steve, y justo en plena hora de la siesta.

Pero tras “Inexorable” (2021), correcta cinta que se proyectó a continuación y que nos devolvió al esquema de la icónica “La mano que mece la cuna” pero con una gotita de “Misery” y un puntito gore (es decir, mi empleada doméstica está loca y además coladita por mi marido escritor), la tarde demostró que iba de menos a más. “Let the wrong one in” (2021) es una de esas comedias alocadas de premisa sencilla pero que consigue arrancar carcajadas a golpe de gags ricos en hemoglobina y sentido del ridículo cero. La historia de un chico un tanto pringao que recibe la visita de su hermano, que además de yonki y jeta resulta que se ha convertido en vampiro, entra sin dificultad en la categoría de tontorrona pero divertida, sumando a algún chiste de antología el plus de contar con Anthony Stewart Head (sí, el mentor de Buffy) como cazavampiros.

Pero el punto culminante, tras la proyección de “Abracitos”, corto de terror de argumento casi anecdótico que destaca por la tensión que transmiten sus personajes y un final con sustaco gordo, fue el visionado de “Freaks out” (2021). Con una buena cantidad de premios técnicos en su país de origen, Italia, la película es un delicioso delirio sobre cómo la guerra convierte a los hombres en monstruos mientras los llamados monstruos solo aspiran a sobrevivir. Aunque a alguno le pueda hacer pensar al principio en la polémica “Balada triste de trompeta”, esta auténtica odisea, que aspira al más difícil todavía con una trama sobre un grupo de fenómenos de circo separados en plena invasión alemana, cuenta con elementos muy llamativos. Entre ellos, un pianista nazi con seis dedos que tiene el poder de ver el futuro o un grupo de partisanos cuyo nexo de unión es ser mutilados de guerra. Una película que consigue emocionar y divertir a partes iguales, sin renunciar a duras escenas y un toque de poesía.

Para rematar, ya en la madrugada del sábado, el director Igna L. Vacas presentó su debut en esto del largo con “The nanny’s night” (2021). Gamberrada sin pretensiones, con ecos tarantinianos y plagada de guiños al género, la historia de una dulce niñera que no es precisamente lo que parece es una película más que adecuada para una sesión golfa. Extraños ritos, destripamientos varios y algún cameo de relumbrón, ayudan a disfrutar de una cinta amiga de los giros inesperados y enemiga de la transcendencia.

Pero disfrutar del cine también cuesta. Tras el remate de madrugada era necesario quitarse las legañas para disfrutar por la mañana del clásico “E.T. El extraterrestre” (1982). La cinta que abrió la caja de los truenos en eso de niño conoce bicho más o menos horrible (que entiendo que a la gente le enternezca el E.T. de marras, con esos ojazos y ese acompañamiento musical que simplemente subyuga, pero este marcianito bueno no es Gizmo precisamente), en la que para muchos fue nuestra primera oportunidad para verla en pantalla grande, sigue demostrando que no pierde fuerza en muchos aspectos, aunque a todos se nos quede una cara rara recordando cómo eran los duros niños de los 80. Y de propina la escena icónica de la bicicleta voladora pasando ante la luna que dio, en plena tradición de los habituales de la muestra (que aplauden cada vez que aparece nuestro satélite desde que se proyectó “Boneboys” hace años), para muchos aplausos. De su influencia en auténticos engendros como la versión turca o la filipina (que ya nos atormentó en una pasada Cutrecon), mejor hablamos otro día.

La tarde se abriría con esa etiqueta que suele suscitar terror ya de entrada, y no en el buen sentido: ‘Basada en hechos reales’. “Shot in the dark” (2021) es una cinta con una idea interesante como punto de partida, la de cinco cajas con restos humanos que aparecen en distintos lugares de un pequeño pueblo (no, no hay cameo de Gwyneth Paltrow, mal pensados), pero que acaba convirtiéndose en una sesión de torture porn ligeramente light con más flashbacks que un episodio de “Perdidos” y escasa coherencia.

“Apps” (2021), por el contrario, es una película con menos ínfulas. Una gamberrada episódica en la que el nexo entre las historias son distintas aplicaciones para el móvil. Tremendamente irregular, transita entre el gore salvaje, un terror más psicológico y una última parte, quizás la más divertida del conjunto, cuyo protagonista hace del de “Este niño es un demonio” un tierno infante, aunque no por voluntad propia. La película aspira a contagiar al público de sus ganas de cachondeo y alguna vez hasta lo consigue, pero en contados momentos. Que nos avisen, como suele pasar con todas las apps, cuando se pueda optar a la versión premium, que tal vez la cosa mejore.

Pero a pesar de la originalidad que destilaba la muy recomendable “Freaks out” (2021), vista el viernes, el título de ‘marcianada con mayúsculas de la muestra’ es para “Sky Sharks” (2021), obra de estética similar a la popular “Kung Fury”. Su premisa, con tiburones voladores guiados por pilotos nazis zombies, es de esas que te animan a verla enseguida. Sin embargo, tras un arranque intenso donde lo que más sorprende es la inclusión de la canción “Vamos a la playa (o-o-o-o-oh)”, la cinta, que intenta mantener el interés a base de conspiraciones varias, desnudos gratuitos y surtidos de tripas, se pierde entre explicaciones y no consigue, como esa cinta afín que es “Zombies nazis”, sacar el suficiente partido a sus locos ingredientes ni mantener el ritmo. Pero siempre nos queda la esperanza de una hipotética secuela, como lo que pasó con la segunda parte de “Zombies nazis”, que supere de largo a la original. Y si incluye narvales, mejor.

Pero la noche nos regaló la que sería la mejor cinta del día y uno de los títulos más recomendables de la muestra. Tras el corto “El purgatorio”, una reflexión sobre el paso del tiempo protagonizada por Sivia Tortosa y que presentaron su director e intérpretes, “The Advent calendar” (2021) nos deleitó con un cuento sobre deseos que exigen grandes sacrificios, y no me refiero a estudiar mucho o comerse toda la verdura. Fábula de horror con moraleja en la línea de “Siete deseos” o “Wishmaster”, su retorcida trama llena de tantas sorpresas como las que oculta ese hermoso calendario de adviento que da nombre a la película, y que está llamado a unirse a esa lista de clásicos objetos malditos como la caja Lemarchand (no en vano cuenta con su propio cenobita marca blanca), logra meternos rápidamente en un juego en el que siempre pierde alguien. Una cinta que conquista creando empatía en un espectador que consigue identificarse rápidamente con la historia de una joven paralítica, antigua bailarina, que puede conseguir curarse si sigue unas exigentes reglas que a veces no están muy claras… O morir en el intento.

Por desgracia, la victoria deportiva de la que seguramente alguno haya oído hablar (sé que los fans del género no lo somos a menudo de los deportes) me obligaría a elegir entre la sesión golfa con “Slumber party massacre” (2021) y esa fea costumbre que tengo de volver a mi casa a dormir (y es que para el que no lo sepa, en Madrid el metro no pasa toda la noche, los autobuses nocturnos salen de Cibeles, y les cuesta un poquito aparcar cuando en su trayecto hay varios miles de eufóricos aficionados; además, para rematar, el presupuesto de esta página no da para taxis). . 

Las sesiones del domingo también empezaron por la mañana. “Marmaduke” (2022), la historia de un gran danés con malos hábitos y tendencia a liarla parda, en el que un famoso adiestrador canino ve el gran reto que le permitirá demostrar nuevamente que es el mejor en lo que hace. Basada en un célebre cómic (aunque no precisamente por estos lares), la película no hace precisamente gala ni de un buen acabado visual ni de un buen diseño de personajes, sin llegar a la categoría de los pseudoclásicos 3D que todavía podemos encontrar en los Todo a un euro pero lindando con lo grotesco. Con algún chiste de antología (esa factura desglosada cuya extensión la transforma en una émula de los créditos de “Star Wars”), sin embargo su conjunto se pierde entre el humor marrón, llegando a límites radioactivos, y alguna idea simpática  a la que no acaba de sacar todo el partido. Se queda para ese montón con el que entretener al más pequeño de la casa cuando ya hemos agotado el resto de recursos.

Por suerte, la sesión de sobremesa esta vez no se ocultaba tras la etiqueta ‘basada en hechos reales’ ni se perdía por andurriales marcianos (sí, con A), sino que nos llevaba al familiar terreno del futuro distópico. “Night raiders” (2021) nos presenta la historia de una madre y una hija separadas a la fuerza en un mundo donde los niños son distanciados de sus padres en su más tierna infancia, para ser internados en una suerte de academia militar. Con un aire al juego “The last of us” aunque con mucha más gente (que el futuro ya no es eso de dos gatos o una superpoblación tal que hay que mudarse al planeta más cercano, que hay término medio) y en una continua sucesión de giros (más de uno metido con calzador), nos encontramos ante una cinta correcta a la que en alguna ocasión se le atraganta el ritmo pero que no deja muy mal sabor de boca.

Más esperada era “The boy behind the door” (2021), otra cinta de sádicos secuestradores (y con esta, si no me fallan las cuentas, ya iban tres películas sobre el mismo tema en la programación) cuyo punto original reside en que su protagonista es un niño que es raptado junto a su mejor amigo y que, tras lograr liberarse, no huye, sino que regresa para intentar salvarlo. La naturalidad de sus pequeños protagonistas (tan niños que hasta piden perdón en los momentos más inoportunos), su sentido del suspense y la sorpresa que genera el descubrir la identidad del más frío de los secuestradores, dan puntos a una película cuyos primeros minutos se hacen bastante repetitivos y que se permite homenajear (bueno, mejor diríamos copiar) no una sino dos escenas de “El resplandor”, y creo no hace falta decir cuales. Pero se le perdona por el buen rato que hace pasar y esa última parte que es puro tren de la bruja.

“The cellar” (2022), por el contrario, se mueve en ese familiar terreno que es “me mudé a una casa barata y el problema no eran precisamente las ratas”. Historia de una familia con hija adolescente en plena fase hater total con ligera empanada mental en torno a qué es el anarquismo y que desaparece en extrañas circustancias, la película es una cinta de terror de corte satánico que nos deja el bonito mensaje de que las matemáticas son el infierno. Con tendencia al sobresalto y más escenas con linterna que en un episodio de “Expediente X”, esta película, que parece hecha para el disfrute del Conde Draco, esconde una oscura trama rica en puzzles y revelaciones cultistas, que roza en algún momento el ridículo (el significado de los triangulitos) pero que no nos escatima enseñarnos el monstruo de marras y hasta nos invita a entrar en el juego, dejándonos saber más que sus protagonistas. Ni llega al terror elevado que espera ni revoluciona el género, pero consigue resultar rabiosamente entretenida.

El remate final llegaría con “Virus 32” (2021), el ejemplo de que, a pesar de la que está cayendo, el cine fantástico no renuncia a los virus mortales. Tras la proyección del inquietante corto “Luz”, que presentó su director y parte del equipo, esta película con ecos romerianos debe su nombre (si, no me espero al chiste de “No he visto las 31 anteriores”) a la particularidad de que los infectados, tras sus puntuales brotes de violencia, parecen caer en una suerte de pausa durante 32 segundos. Casi en tiempo real, este survival horror protagonizado por una suerte de Milla Jovovich a la uruguaya recoge un buen puñado de tópicos del género con acierto, aunque en varios momentos de su metraje el ritmo no acompañe. Eso sí, los amantes del género zombie no se sentirán decepcionados.

Así terminaba una muestra por una vez sin cine oriental, donde las novedades radicaron en la incorporación del tema musical de “Cazafantasmas” en las presentaciones y la desaparición del abono físico para sustituirlo por un código QR (y que interrumpió la colección que muchos llevamos años haciendo). También nos acordamos mucho del señor Cage, merced a los periódicos anuncios de su inminente y talentosa película (y que debería haber estado en la misma muestra). Y en la que, por fin, ante la invasión de cereales gratis cortesía del patrocinador, se acordaron de celíacos, diabéticos e intolerantes a la lactosa y nos regalaron una sana alternativa en forma de… Manzana (aunque el chocolate sin azúcar cuenta con mi voto; y haberlo haylo, sin lactosa y hasta vegano, que comida sana ya tenemos en casa). Nos ha quedado el grato sabor de reencontrarnos con la Muestra SyFy tal como la recordábamos. Ahora toca esperar a la próxima, más y mejor, y si es posible, con nuestros querido abono-tarjetón. No sé si se nos puede considerar animales cinematográficos, pero sí animales de costumbres.

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